Fue una casta política especialmente iletrada la que decidió, por decreto, la elevación a día no laborable de una celebración nacida oficialmente sólo para sus adeptos en aquella longa noite de pedra en la que germinaron, junto con nuestra sufrida democracia, algunas de las malas hierbas que aún la embarazan. La misma casta que instauró la linguocracia en nuestro sistema político, y la linguolatría como culto de estado en algunas de las nano-repúblicas del nuevo régimen, entre ellas la gallega.

El 17, igual que el primero de mayo, apenas acuden a la liturgia obligatoria los fanáticos habituales y los obligados por el cargo. Del resto de la población, absolutamente indiferente, los escolares son inducidos la víspera al “correlingua”, dos jornadas lectivas sacrificadas -en sentido propio- a las letras galegas. Dadas la superioridad y excelencia de nuestros escolares de acuerdo con todas las evaluaciones internacionales, bien pueden prescindir de dos días de clases, además de alguna que otra "huelga" con la que también contribuye el solcialnacionalismo a la formación del espíritu nacional.

Por lo demás, es muy natural que en la nano-república toda la población suspenda sus labores y se vaya a la playa, si el tiempo lo permite, en aras de sus letras más desfavorecidas -por los lectores, que no por el presupuesto, para el que son otro lorito ávido de chocolate inagotable-. Que sepamos, ninguna otra literatura, regional, nacional o universal, justifica, en ninguna otra parte del mundo, la suspensión oficial y general del trabajo, ni siquiera en aquellos países con millones de lectores en los que la literatura es un hábito social extendido, y no un mero pretexto para vacar. Pero nosotros somos diferentes, y nuestro irreductible hecho diferencial, expresado en las fiestas jolgorrio y otras manifestaciones de desenfreno lúdico y “cultural”, justifica esa y muchas otras extravagancias.

Ayer supimos que un consejo consultivo que no hemos elegido dijo que no podemos elegir entre los dos únicos platos del menú forzoso en todos los colegios de Galicia -públicos, privados y mixtos-, es decir, entre matemáticas en español y conocimiento del medio en gallego, o viceversa. El consejo consultivo nos birla la viceversa, no vaya a ser que semejante libertinaje nos precipite por el camino de la perdición. La desvergüenza de estos prebendados vitalicios no conoce límites.

Por supuesto, no nos van a facilitar ningún razonamiento -digno de ese nombre- para sustentar ese precepto, puramente teológico, como todo lo que se refiere a la linguolatría que infesta como una metástasis algunas partes del territorio de un estado aconfesional, cuya Constitución ha dejado de regir en ellas. Los pingües emolumentos de esos consejeros exigirían alguna explicación -que no fuese mera y profusa palabrería pseudojurídica- para tal atrevimiento, pero la anómala adscripción entre nosotros de la filología a la teología, les exime de ese esfuerzo. Habrá que ver si se salva uno de los dos votos particulares.

Por supuesto, lo sabíamos.

Ello no nos impide reconocer que El Consejero D. Jesús Vázquez Abad ha hecho tal vez el decreto menos malo posible teniendo en cuenta las limitaciones de que partía. Y que es incomparablemente mejor que el del Bipartito: siempre es preferible la amputación de una mano a la pérdida de todo el brazo. Pero no se puede resolver un problema utilizando, en lo sustancial, el mismo tipo de pensamiento que lo provocó.

El espectáculo de ese consejo consultivo inútil y carísimo manoseando sin pudor ni responsabilidad alguna la libertad de la gente, nos ratifica en la única solución a este y otros problemas del estatismo desbocado que padecemos: la libertad.

Libertad de enseñanza (art. 27 de la Constitución).- suprimir toda injerencia administrativa ajena al currículo mínimo en los centros privados, concertados o no.

En los centros públicos, libertad de lengua docente y discente.

Todo ello sin perjuicio, si se quiere, de ese objetivo de competencia lingüística en las dos lenguas oficiales, que, por supuesto, no tiene por qué ser igual, del mismo modo que ninguna ley exige la misma competencia en matemáticas que en gramática. Y libertad de métodos para lograrlo.

Mientras no se adopte este sencillo esquema, es decir, mientras no haya libertad lingüística no habrá paz lingüística. Y no porque no lo queramos los partidarios de la libertad, sino porque para los partidarios de la coacción, toda coacción es poca.