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La lectura del manifiesto POR LA IGUALDAD DE LOS DERECHOS LINGÜÍSTICOS DE LOS CASTELLANOHABLANTES EN TODA ESPAÑA nos ha hecho recordar aquella reflexión de Nietzche: Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira.

Este nuevo creemos que no mejora el Manifiesto por la lengua común-, sino que, al contrario, supone un retroceso sobre la cota de racionalidad anteriormente alcanzada, al tiempo que conserva alguno de los antiguos errores. Ello no significa que no deba suscribirse por todos los que sufrimos y queremos combatir esas políticas repulsivas que sus promotores llamaron creyendo blanquearlas de “normalizació lingüística”; pues en ocasiones tal vez una acción que no es la óptima desde el punto de vista de los principios, ha de secundarse por ser preferible a la inacción o a la división frente a un mal mayor.


En este caso la autoría del manifiesto cae en formas de expresión próximas al colectivismo identitario que debiera denunciar. Porque el problema que tenemos los españoles con esas regulaciones no se resuelve replicándolas sino derogándolas; no creando imaginarias “comunidades lingüísticas” en supuesto conflicto o edificando identidades opuestas por razón de lengua, sino negando esa tramposa y cainita división. El conflicto lo han creado los ‘normalizadores’, no ha surgido de dos supuestas “comunidades lingüísticas” enfrentadas en las respectivas regiones en las que los poderes públicos han instaurado regímenes de cooficialidad falsa, de privilegios y vejaciones inconcebibles en un estado de derecho. Se trata de desmontar esos regímenes, no de ‘corregirlos’ o de crear estatutos de protección de una supuesta comunidad lingüística marginada frente otra supuesta comunidad lingüística favorecida: hay una sola comunidad, incluso después de varias décadas sembrando la división. Esa dialéctica de comunidades en pugna lingüística, tan cara a los colectivistas, es falsa, y sobre ella nada bueno puede edificarse.
Resulta también perturbador el concepto alambicado de “derechos lingüísticos” en lugar de los de libertad y dignidad, que es lo que realmente está en juego. Como dijo Savater precisamente a propósito del Manifiesto por la lengua común, éste no se planteaba la defensa de ninguna lengua... sino solamente la defensa del sentido común y los derechos, no ya lingüísticos, sino políticos de los ciudadanos españoles. No siendo fácil superar la cota de racionalidad alcanzada en su día, tal vez fuese más eficaz insistir en la misma línea que abrir otra menos consistente, sobre todo si hace concesiones conceptuales al causante del estropicio, el bloque nacionalsocialista consensuado por todos los partidos.

«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados» [Marx, Groucho]
Como decía Borges, hablar del "problema judío" es postular que los judíos son un problema. Con la misma mendacidad nuestros políticos han creado "el problema lingüístico". Por buenas que sean la intenciones de los autores del manifiesto, que lo son, la asunción siquiera parcial de los supuestos falaces del enemigo dialéctico no es el mejor camino para la necesaria desproblematización.
Aunque corren vientos contrarios a la libertad dado el empeño suicida que las urnas y las encuestas evidencian, perseveramos en que el problema lingüístico creado por los poderes públicos se resuelve con la mera derogación de todas sus regulaciones, es decir, con la restauración de las libertades conculcadas. Muy especialmente con la proclamación y el respeto de la libertad de enseñanza, y de la libertad de lengua docente y discente, por ceñirnos al ámbito en que tales regímenes se han cebado con más saña y han hecho y siguen haciendo más daño. Lo que no obsta suscribir el manifiesto, ya que es lo que se ofrece.